martes, 22 de febrero de 2011

katherine Ortiz y Laura Hurjui


Alrededor de 1920, apareció en Alemania una corriente estética que buscaba deshacerse del subjetivismo y el amaneramiento que ya caracterizaba a los expresionistas. En principio, la consigna parecía promover el más helado realismo. La “Nueva Objetividad” (Neue Sachlichkeit) abarcó a la plástica, la poesía, el cine, la fotografía, el teatro, la arquitectura y la literatura. En pintura su vehemente verismo se esmeraba por distorsionar las apariencias para enfatizar lo grotesco y lo brutal. Su arte era crudo, provocativo y ásperamente satírico.

La frustrada revolución de 1919, con el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht a manos de grupos de ultra derecha, pintó más oscuro el horizonte. La desocupación, la hiperinflación y la corrupción del sistema político hicieron el resto. Los artistas de la Nueva Objetividad se dedicaron a trabajar con ese contexto. George Grosz y Otto Dix son el mejor ejemplo de esta corriente, trasladaron al arte la atmósfera casi irrespirable de la república de Weimar, que a su vez, dará paso a una catástrofe mayor: el Tercer Reich.

La guerra y la posterior llegada Hitler al poder, influyó de manera drástica en su desarrollo artístico. Beckmann emigró a Holanda y después a EEUU donde murió en 1950. Grosz también emigró en 1937 a EEUU, donde su pintura ya no tuvo la misma eficaz agudeza que lo hizo famoso. Dix se quedó en Alemania, en una suerte de exilio interior, ya que tenía prohibido exponer. Para colmo de males, cuando llegaron los aliados lo capturaron y lo tuvieron un año en un campo de concentración. La lista de “artistas degenerados”, que había confeccionado el Nacional Socialismo, era mucho más amplia y abarcaba un arco que contenía a todas las tendencias del arte moderno. La Nueva Objetividad a la que adhirieron la mayoría de los artistas alemanes, formaba parte, según los partidarios del führer, de los deshechos de la cultura occidental.

Hoy, no se puede mirar sin asombro y admiración, la obra de la segunda línea de aquel movimiento. Esos artistas, que perdieron toda entidad, fueron entre 1935 y 1945 una camada de parias culturales, vigilados por comisarios de la Gestapo que verificaban el cumplimiento de su abstinencia plástica.

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